Inasequible al desaliento en cualquier circunstancia, incluso en las peores, por ejemplo regalando goles a un formidable rival, el Real Madrid acreditó de nuevo su master de supervivencia en la Champions, un título de curso legal que no se puede falsificar de ninguna manera. Es inimitable. Sólo lo tiene él. Después de una actuación memorable de la Juventus, de un partido que siempre se recordará en el Bernabéu, el equipo de Zidane, sin saber muy bien cómo, se las apañó para salir vivo del trance.

Vivió como un funambulista toda la noche, se cayó, pero aterrizó de pie. Sin rasguños, salvo la digestión de un susto que nunca olvidará. Avanzó hacia las semifinales de la Champions por octava temporada consecutiva, por 29ª vez en su historia, casi una de cada dos ediciones. No es casualidad lo que lo ocurre. No fue un partido para que sólo metiera un gol, pero al final lo logró con polémica, con un riguroso penalti transformado por Cristiano que fue señalado en el santo minuto 93. Nunca una derrota (1-3) fue tan llevadera para el campeón de la resistencia.

La Juventus no es un equipo en declive, aunque el afán por devaluar los méritos del Madrid tras lo de Turín nunca decae. Lleva un campeón dentro. Sabe competir mejor que nadie. Su primer tiempo fue asombroso, increíble. Arrancó desbocado derrochando músculo y grandeza, y marcó en su primer ataque. Después, cuando el partido se equilibró logró otro gol, con la efectividad tan italiana. Nada más italiano que la Juventus. Douglas Costa se hizo con el partido para aterrar al Madrid, noqueado por el tanto de Mandzukic tras un pase de Khedira, que no es tan malo como nos hizo creer el pensamiento único. El equipo de Zidane, sin el alma de Ramos en defensa, se descompuso. La Champions es un mazo para el que duda.

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