Se formaron juntos como futbolistas del Envigado, convivieron y sufrieron como hermanos en distintas etapas. Hoy triunfan con la selección de Colombia en el mundial.

“James siempre será un ejemplo de vida para nosotros”, coinciden Juan Fernando Quintero (a la izquierda) y Matheus Uribe (a la derecha). / Fotos: EFE

En el camerino del estadio de Kazán, Rusia, luego del triunfo de la selección Colombia sobre Polonia 3 a 0, James Rodríguez, Juan Fernando Quintero y Matheus Uribe se fundieron en un abrazo para revalidar la realización del sueño que se propusieron siendo amigos del alma, parceros de la adolescencia, cuando sus vidas se cruzaron en las inferiores del club Envigado y apostaron a que serían estrellas del fútbol internacional. (Le puede interesar: (Nuestro especial de Rusia 2018).

Se conocieron entre 2004 y 2005 en los alrededores del estadio Atanasio Girardot y en la cancha anexa Marte I, donde se juega la Copa Pony Fútbol, campeonato que les cambió la vida porque les permitió pasar de niños a prospectos profesionales. Hoy la Marte I no tiene el pasto natural en el que ellos jugaron, sino uno sintético en el que las nuevas generaciones de futbolistas hacen fila para entrenar con el sueño de seguir el camino hacia la gloria, como entonces lo hicieron ellos teniendo como referentes inmediatos de la escuela envigadeña a Freddy Guarín y Mauricio Mol

En enero de 2004 el equipo Academia Tolimense fue el campeón y James, la figura; el de Matheus, ya en el Envigado, fue subcampeón. Los dos guardan calendarios promocionales de ese torneo infantil en los que aparecen James con el balón y Mateus marcándolo. Al año siguiente se les unió Quinterito.

Tanto Quintero como Uribe vivieron alguna vez en la misma casa con James, pues Pilar Rubio y Juan Carlos Restrepo los consideraban de la familia y soportes anímicos para su hijo, al igual que César Núñez, el eterno goleador de los equipos donde jugaba James, pero uno de los amigos de Ibagué cuya carrera no se consolidó. (Le puede interesar: James, por Héctor Abad).

La historia de esa trinca se reconstruye con personajes como Manuel el Chino Quintero, fotógrafo del Envigado, que conserva imágenes de los tres vestidos de naranja y verde. Ómar el Misio Suárez fue uno de los técnicos que los vio formarse como futbolistas.

Quien mejor siguió el proceso fue el preparador físico Juan Carlos Grisales Zapata, con más de 30 años de experiencia, exjugador y exempresario de futbolistas. Estaban en etapa de crecimiento. “El Envigado les colaboraba con las vitaminas y empezamos a ver el surgimiento de atletas”. Se beneficiaron de la metodología que llevó a ese equipo, en las afueras de Medellín, a consolidarse como una de las principales escuelas de futbolistas de Colombia.

¿Qué hacía Grisales para que lo médico redundara en lo corporal? Lo llama “querer, saber y poder”. Que ellos quisieran, que supieran en lo técnico y táctico, y que pudieran desarrollarlo a nivel físico. Grisales guarda los índices de pliometría que muestran las mejorías en reacción y coordinación. “Lo demás eran los plus de talento, personalidad, seriedad, liderazgo y compromiso”.

Sin embargo, James y Juan Fernando estaban bajos de talla y fueron sometidos a tratamiento endocrinológico. “La droga para el crecimiento fue fundamental. Les colocaron hormonas y les hacían seguimiento por carpograma”. James creció hasta 1,80, mientras Juan Fernando se quedó en 1,67. Tras su exitoso debut en Envigado a los 14 años, James se volvió interesante para el mercado exterior gracias a recomendaciones como la del portugués Luis de Oliveira, directivo del Porto que lo definió como “un elegido”. Se fue a Banfield de Argentina a los 15, donde fue campeón en 2009, y de ahí pasó al Porto, que ya lo tenía en la mira, recomendado también por Radamel Falcao García, que ya triunfaba en Portugal.

Matheus vive agradecido con James porque lo ayudó a probarse en Argentina. Se lo llevó a vivir con él y lo recomendó con Silvio Sandri, el empresario que lo llevó a Banfield. Además, Pilar, la madre de James, y la mamá de Matheus son muy buenas amigas. “Yo voy allá a los 18 años a jugar en la cuarta del Huracán. James ya era reconocido, estaba jugando Liga y Copa Libertadores, y se hablaba de ofertas del fútbol europeo, palabras mayores. Me recibieron como parte de la familia, la ayuda de ellos fue muy grande y me convertí en la compañía de él aparte de la hermanita, que todavía estaba chiquita. Volvimos a los tiempos de jugar Play Station, aprendí de la técnica que tiene para que el balón no le rebote cuando lo recibe. Le contaba cómo me iba y siempre me daba apoyo y consejos, que luchara. Me repetía: ‘Mateo’: con el talento que tenemos podemos jugar sobrados en estos equipos”.

¿Cómo era el día a día? “Era una vida intensa: del entrenamiento a la casa, descanse y vuelva a la cancha. Nos pasaba que llegábamos de un partido y no podíamos dormir, no sé por qué, tal vez por todos los energizantes que tomábamos, entonces nos poníamos a ver videos. A veces lo acompañaba a James a entrenar con Banfield y como allá sólo dejaban entrar familiares, decía que era el primo. Me acuerdo que celebramos cuando hice mi primer gol como profesional en Argentina contra el Atlético Acassuso. Después jugué en primera B profesional un año y medio con Deportivo Español”.

James vivía pendiente de las noticias, dice Matheus. “Parábamos a comprar el diario Olé porque lo seguían y siempre le daban buena calificación, entre siete y nueve, una vez le dieron diez. Terminaban los partidos y nos tocaba esperarlo en las afueras del estadio con las puertas abiertas del carro, porque ya era la figura y por ser pintoso todo el mundo se le acercaba a pedirle la foto. Nos tocaba llevárnoslo a la fuerza”.

¿Entrenaban juntos? “Sí. En la casa mejoramos mucho en cabeceo porque nos poníamos a jugar a los centros; yo le centraba, él remataba y luego nos rotábamos. En un partido de Copa de un miércoles le metió un gol de cabeza al Morelia y se lo atribuyó a tantas horas que practicamos. Para mejorar el dominio del balón le dábamos al fútbol-tenis”.

El día que James se fue a Portugal lo acompañó al aeropuerto junto con Julián Guillermo y Santiago Tréllez, otros dos amigos que estuvieron en Argentina. “Anhelábamos su suerte y le teníamos envidia de la buena”. Matheus le dijo: “Mono, muchas gracias por todo, por apoyarme. En mí siempre va a tener un amigo para lo que necesite. Usted nos motiva a que se puedan lograr las cosas, es nuestro modelo a seguir, un ejemplo de dedicación, disciplina y talento. Usted tiene demasiado talento y seguirá triunfando. No se preocupe por nosotros. El tiempo de Dios es perfecto y las cosas se darán cuando tengan que darse”.

Así fue. James se volvió estrella en Porto, en Mónaco, en la selección de Colombia, en el Mundial de Brasil, en el Real Madrid, en el Bayern Múnich. Y Juan Fernando, Quinterito, no se quedó atrás, fue al Porto y brilló, también se destacó en el pasado Mundial, aunque debió volver a Colombia, al Medellín, y ahora es figura en River Plate de Argentina. Matheus también volvió y empezó de cero; pasó de nuevo por Envigado, por Tolima y Nacional, antes de ir a México y ganarse el derecho a la selección tricolor de mayores. (Le puede interesar: Libro “Vivir un Mundial”).

Ahora esperan que los tres queden en la lista definitiva de los 23 que viajarán al Mundial de Rusia, tal cual lo planearon alguna vez cuando se reencontraron en Medellín para ir a jugar fútbol 5 en las canchas sintéticas de El Templo. Cuando no es ahí, se encuentran en El Señor Gol. Invitan a sus demás parceros, que no llegaron a cumplir el sueño y de quienes no se olvidan; Pipe, Luciano, el Buti, etc. A veces coinciden en algún cumpleaños, como el de James, y los invita a una gran fiesta con orquesta y bailan salsa hasta el agotamiento. Y el diez de la selección de Colombia “se pone cansón” y pide que le repitan La noche más linda, de Adalberto Santiago, y cantan en coro: “Y esa fue la noche más linda del mundo, aunque nos durara tan sólo un segundo. Mas no me arrepiento, porque aquel momento lo llevo grabado en mi pensamiento”.

El Espectador

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