Insect Allies, un proyecto con el que EE.UU. busca evitar que los cultivos sean afectados por heladas o sequías, preocupa a la ciencia. ¿La razón? Temen que las técnicas de modificación genética sean usadas para fines bélicos.

Ejemplares de mosca blanca que, prosiblemente, podrían ser usados en cultivos de tomate.US Department of Agriculture

“¿Investigación agrícola o un nuevo sistema de armas biológicas?”. Ese es el título de un artículo que acaban de publicar cinco investigadores en Science, una de las revistas más prestigiosas, y con el que quieren llamar la atención sobre un asunto que los tiene muy inquietos: el uso de virus y de insectos genéticamente modificados para cambiar el ADN de los cultivos. (Lea Tortuga vuelve a caminar gracias a silla de ruedas hecha con fichas de Lego)

A lo que se refieren estos profesores, de las universidades de Montpellier (Francia), de Friburgo (Alemania) y del Instituto Max Planck de Biología Evolutiva, de Alemania, es a un proyecto del Departamento de Defensa de Estados Unidos que está en marcha desde el año pasado y que parece de ciencia ficción. (Lea El Duende, el nuevo planeta hallado en los confines del Sistema Solar)

Comandado por la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa (DARPA, por sus siglas en inglés), la iniciativa que preocupa a los autores del artículo busca que las cosechas no resulten afectadas por heladas o sequías repentinas, como ha sucedido en varias ocasiones. Ya fueron seleccionadas cuatro investigaciones y todas tienen como base el uso de un virus o de una bacteria para evitar que las plantaciones se echen a perder. Insect Allies es el nombre con el que bautizaron el proyecto. (Lea Detectan la que podría ser la primera luna fuera del Sistema Solar)

Para entender el propósito basta un ejemplo: en el caso de que una cosecha de tomates se viera amenazada por un fenómeno climático extremo, los científicos utilizarían virus del género Begomovirus, usual enemigo del tomate, y lo propagarían por medio de una de las plagas más populares de estos cultivos: la mosca blanca. Claro, antes de hacerlo, neutralizarían la carga viral y le añadirían algún gen vegetal que le dé a los tomates la capacidad de resistir al frío o al calor. El insecto, por supuesto, también tendría modificaciones genéticas para que no afecte las plantas.

Aunque la idea parece un método eficaz y rápido en tiempos de cambio climático, esconde, como lo sugieren los profesores en Science, una enorme dificultad: la posibilidad de que estas técnicas empiecen a ser usadas para otros propósitos. El más inquietante es que sean utilizadas como una futura arma biológica.

“Lo que nos preocupa es que la tecnología de Insect Allies puede ser convertida muy fácilmente en un arma. Peor aún, puede hacerse de una forma extremadamente encubierta y muy difícil de rastrear: Los insectos pueden ser diseñados para infectar los cultivos de un enemigo, matando a las plantas o esterilizando sus semillas y nadie se enteraría de lo que había pasado hasta la siguiente campaña”, le dijo Caetano-Anollés, del Instituto Max Planck al diario El País de España.

A los ojos de Caetano-Anollés y sus colegas estos mecanismos son particularmente preocupantes porque se está haciendo, como lo llaman, una transferencia horizontal y no vertical. Es decir, para mejorar una especie vegetal en anteriores oportunidades se necesitaban varios años de desarrollo en los que las especies se heredaban información genética de una generación a otra hasta, finalmente, producir las semillas requeridas. Pero, en este caso, se trata de ingeniería genética que permite “editar” directamente los cultivos. Su nombre técnico es “agentes de alteración genética ambiental horizontal”.

Los científicos que participan en el proyecto, donde también se usará la sofisticada técnica de edición genética CRISPR, lo han defendido en varias oportunidades. “Aunque podamos desarrollar una variedad de la planta que aguante un tipo de estrés, la naturaleza de las nuevas enfermedades y plagas amenaza con superar las mejoras proporcionadas por la reproducción tradicional y las modificaciones genéticas. Buscamos desarrollar una tecnología que dé una respuesta rápida que permita la distribución de genes que protejan las plantas cuando lo necesiten, ya plantadas”, dijo hace un tiempo, como lo menciona El País, Wayne Curtis, del proyecto de Penn State, que hace parte de Insect Allies.

Sin embargo, los autores del texto en Science no están de acuerdo. “Ha habido una ausencia de discusión adecuada sobre los principales impedimentos prácticos y regulatorios para lograr los beneficios agrícolas proyectados. Como resultado, el programa puede ser percibido ampliamente como un esfuerzo por desarrollar agentes biológicos para propósitos hostiles, lo que, de ser cierto, constituiría una violación de la Convención de Armas Biológicas”, escriben.

El Espectador

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